Decidí que uno de mis derechos inalienables es el de permitirme disfrutar de mi cuerpo fundido en la piel de otro. No puedo siquiera imaginar la violencia que implica hacia mi propio ser el obligarme a no procurar caricias, el obligarme a no recorrer los aromas de la piel de otro cuerpo y embriagarme de ellos, el cercenar cualquier tipo de contacto que lleve a la excitación en cualquier contexto. No puedo. No quiero. Me niego.
Se sufre un poco. Se sufre porque no está bien visto que cosas como aquesta sean parte del cotidiano. Se debe encerrar al placer entre cuatro paredes, y si es posible, que quede a oscuras. Se debe cuidar la reputación propia para que no se le vean las manchas a trasluz, como si fuera una sábana blanca. Y la verdad es que si amáramos a nuestras propias manchas en vez de tratar de ocultarlas todo sería tan hermoso y distinto...
Si nos permitiéramos desplegar nuestra sensualidad y erotismo libremente con nuestros congéneres en un marco de respeto, aceptación y escucha corporal mutua... ¡Ay, si nos lo permitiéramos!
e igual de importante, ¡Si no condenáramos estos actos en el otro!
La libre expresión de la sexualidad y el placer son parte de un intrincado proceso de autoregulación orgánica. El cuerpo busca el placer porque sabe lo que hace. Es un disparador de procesos fisiológicos de "mantenimiento" al igual que el sueño profundo, por ejemplo. Si el cuerpo es capaz de sentir placer, significa que las redes de sistemas están funcionando bien.
Un elemento clave en todo esto es la afectividad. Es esencial para que el sexo y el erotismo no se pierdan en un ritual mecánico. No tengo nada en contra del apareamiento mecánico, pero considero que lo trascendente y rico en un vínculo humano se da a través de la afectividad.
Sueño con un mundo desprejuiciado en el que se fomente una cultura del placer, en el que sea tan común compartir nuestros cuerpos como compartir una charla y un mate.
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