viernes, 22 de abril de 2016

Me han mostrado un espejo de alguien que vivía la vida a distancia. Sin demasiada conciencia de sí misma como persona individual. Ella creía que desaparecer y no hacerse valer era la mejor manera de mantener la armonía. Creía que si no era demasiado exigente, que si no tenía expectativas nada la iba a dañar. Ella vivía reprimiendo su rabia y su voluntad propia hasta que perdió la conciencia de haberlas tenido. Se conformaba con lo que le daban. Rara vez, se le ocurría pensar qué quería, qué sentía o qué necesitaba. Ella se había retirado a un nirvana prematuro y eso la había vuelto indolente. Ella se había retirado a un lugar ajeno, lejos de sí misma, donde no veía los aspectos perturbadores de la realidad. Y ella le llamaba "paz" a esa insensiblidad. Pero ella no estaba en paz. Ella estaba muy disociada y cerrada. Traumada sin saberlo y muy enojada sin poder admitirlo. Ella no podía tomar contacto con la realidad en profundidad. Ella había creado su identidad centrando la atención en su relación con los demás. Ella era como una habitación en la que los todos los demás se reunían. Podía contenerlos a todos menos a sí misma. Ella no se daba cuenta de que esa insensibilidad nunca le iba a permitir relajarse, porque cuando se relajara iba a percibir su propia respiración, sus sensaciones corporales y a su entorno y eso le daba mucho miedo. Hasta que no se bancara mirarse al espejo del mundo, nada iba a cambiar.
Ella no veía que lo que pasaba a su alrededor, en verdad, le resultaba indiferente. Ella no veía que se había retirado hacía rato del juego. Ella no veía que las cosas no le llegaban porque ella estaba demasiado adentro de su refugio interior. Ella había olvidado que su vida era valiosa, entonces tampoco podía ver lo que ganaría si participara más en el mundo real. Ella no sabía en verdad qué hacer cuando empezaba a habitar su cuerpo y salía de ese refugio interior. No sabía cómo vivir sin ese puñado de identificaciones primarias que representaban sus amigos y familiares. Ella proclamaba no necesitar estar en contacto con los demás mientras que supiera que ellos estaban allí. Pero en el fondo, sabía muy bien, que sólo se relacionaba con las ideas que concebía acerca de los demás y no con lo que los demás en verdad eran. Es por eso, que le costaba tanto sentir.
Tenía respuestas para casi todos los problemas de la vida. Había adoptado una filosofía hermética para protegerse, en lugar de servirse de ella para avanzar hacia verdades más profundas. No estaba dispuesta a tomarse el trabajo para tomar contacto con la vida. En cambio, se repetía a sí misma "Todo es Amor" y esta frase, como una mordaza, le callaba las ganas de vivir.
Cuanto mas se la instaba a participar, más se refugiaba en ella misma. El deseo de que nada o nadie afecte su paz había creado una resistencia y una testarudez enorme en su interior. Ella tenía muchísima fuerza, el problema era que estaba al servicio de evitar las perturbaciones. No se dejaba ayudar por nadie, por más desagradable que fuera lo que estuviera ocurriendo. No se dejaba influir por nadie.
Ella intentaba controlar el stress quitándole importancia a sus deseos y preferencias o retirándose a su mundo interior. Recurría a ideas o relaciones que le daban seguridad o estabilidad. Cuando las preocupaciones y angustias salían a la superficie, ella se concentraba intensamente en trabajos y proyectos. Como si después de desatender sus cosas durante un tiempo, de pronto quisiera resolverlas todas a la vez en una fase de actividad frenética. Pero ella tocó fondo y su cuerpo estalló. Se desmoronaron sus “filosofías de vida” positivas dejando al descubierto sus dudas y el pesimismo del cual se defendía. Y se quejó de los demás y de su suerte en la vida. Y tomó contacto con la rabia. Ella tenía muchísima rabia adentro y al sentirla, al fin vio que estaba postergando vivir. Se descubrió a sí misma, apagando el despertador cada vez que le tocaba despertar para seguir durmiendo, calentita en la cama y tuvo que admitir que buscar esa comodidad le estaba trayendo la consecuencia de morir en vida. Y no sólo eso: reprimir su rabia le estaba trayendo como consecuencia reprimir todos los demás sentimientos, incluyendo al amor. Entonces, paradójicamente, al permitirse sentir esa rabia, empezó a salir de su refugio interior. Y vio que no perdía los afectos ni perdía su paz mental para siempre y entonces, empezó a despertar.