Extraño. ¿Qué es lo que extraño de vos? ¿Sabés que? Tiendo a ser como el agua, tomo la forma del recipiente que me contiene. Si el recipiente es rígido, orientado a los asuntos de la tierra, y no puedo filtrarme y discurrir por la superficie porosa, me estanco. Empiezo a oler mal, a no reflejar luz. Me empiezan a crecer algas que me vuelven turbia y anegan la visión. Todo se vuelve confuso. Todo se vuelve verde y pestilente.
Necesito fluir.
Lo que necesito es acariciar cada vez un paisaje distinto con el cuerpo. Sentir el roce de todas las criaturas contra lo difuso de mis límites, llenarme la boca de frescura y salpicar la orilla al estrellarme sin dolor contra la superficie de una roca. Abrirme paso con apasionada calma, ser sustento de plantas y peces, bullir y oxigenarme al saltar de las cascadas
Necesito ser un Río.
Lo que no deseamos existe para que sintamos en detalle cómo es lo que deseamos.
Cuando éramos, me sentía Río. Desbordaba de mi propio caudal sembrando vida en todo aquello en lo que posaba mis húmedos ojos. Vos eras la Tierra que contenía mi andar, siempre cambiante, impregnándome de tu aroma salvaje, sorprendiéndome en cada curva del camino.
No siempre fuiste así, pero me quedo con eso.
Una vez que te fuiste no tuve más sentido. ¿Qué hace un río sin su cauce? Inunda. Ahoga. Destruye.
Deja de ser Río para convertirse en charco. No es que los charcos no tengan dignidad, pero la promesa de conducirnos juntos hacia el Océano tuvo que morir.
Y eso es lo que duele
hoy