miércoles, 16 de marzo de 2011

No la vas a recibir, tranquilo, pero igual la voy a escribir.

Si moría de ganas de contarte todo (aunque claramente no haya necesidad: Seguimos siendo meros espectadores el uno del otro [porque a falta de rotulación lo nuestro es... qué era? un día de invierno en agosto.])
Si había repasado una y otra vez las palabras que elegí para decirte aquello de lo que te había ya contado algo pero apenas y presentías que pasaría; que ayer en el bar, que ella y yo, que quizás era sólo el principio. ¿Por qué si estaba tan felizmente decidida a empezar a pronunciar la primera palabra de mi noticia instantáneamente me sorprendió el llanto trepándome la garganta a los tirones? Sé que te diste cuenta aunque no volqué ni una lágrima, amor, es que me expreso muy clarito aunque no quiera. O quizás no te enteraste, porque últimamente siento que andas lejos en esos recovecos misteriosos y, para mi, oscuros a los que no me animo a irte a buscar.
No me permití compartirte mi nuevo motivo de alegría. Sé que fui yo la que no se lo permitió, porque la verdad es que nunca estás demasiado lejos.

- Y por qué, si después de todo no hace falta? Tendrías que preguntarme ahora.
 Verdad, no hace falta. Podría guardármelo para mi como tantas (tantas) otras cosas que no me cuesta guardar y excluirte, mentirte y echarle la culpa a la casualidad si hiciera falta. Podría evitarte a vos un posible magullón o raspón (porque después de todo, la apertura hasta ahora existió sólo en teoría, que yo sepa.)
Pero es algo que no quiero quedarme sólo para mi, quiero que lo sepas y que te pongas felíz como yo, si querés.
Y lo sabrás, quedate tranquilo (o no) porque lo sabrás. Nada más dame más tiempo.

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